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LA
LUCHA DE CLASE Y EL PROBLEMA DEL PODER
(Fragmento
de la intervención de
Gladys Marín en el Seminario Internacional “A 25
años de la Unidad Popular”,
realizado en Santiago de Chile, el 25 de julio de 1995).
Por
Gladys Marín (*)
La
mentada tesis, tan en
boga hoy por hoy, supone un hecho que la historia se ha encargado de
derrumbar
cuantas veces ha sido necesario: que en las sociedades no hay intereses
antagónicos, no hay lucha de clases, no hay conflictos
sociales, no hay
contradicciones, y por ende no hay necesidad de cambios y rupturas.
Precisamente,
la
izquierda tiene la amarga experiencia del modelo de socialismo
construido en el
Este de Europa, que dio por eliminadas las contradicciones. Esa
dogmatización
se vino al suelo. Los actuales dogmas del consenso social, de los
proyectos
país, no son otra cosa que una reiteración de ese
mismo yerro.
Es
falso que el gobierno
de la Unidad Popular no contara con una mayoría para llevar
adelante los
cambios. Los problemas eran otros.
La
experiencia de la
Unidad Popular demuestra que ella fue conquistando una
mayoría nacional, pero que
ésta no bastaba si no iba acompañada de otros
factores de poder.
La
experiencia reciente
de Chile es una demostración de la falsedad de los
planteamientos del consenso
social o nacional… ¿De qué le sirve a
la Concertación obtener más del cincuenta
por ciento de los votos, llegar a “consensos”
nacionales con la derecha, si no
tiene la capacidad para ejercer el poder real, y debe conformarse con
los
arreglos posibles y seguir dentro de las reglas impuestas por la
dictadura?
Si
bien el 4 de
septiembre de 1970 se conquistó la Presidencia de la
República, ésta era sólo
una parte del poder, pero éste no era el poder real. Se
necesitaba de un nuevo
Estado, de la democratización profunda del Poder Judicial y
del Poder
Legislativo, Contraloría, y sus pilares fundamentales, las
FF.AA. y los medios
de comunicación de masas.
El
triunfo de Allende,
el camino al poder, se realizó en los marcos del viejo
sistema estatal. Se
trataba de usar y ampliar ese marco, pero al mismo tiempo resolver el
nexo
dialéctico de negación, de su
transformación democrática para alcanzar la
plenitud del poder.
Durante
el período
1970-1973 se provocó al interior del Estado una profunda y
violenta lucha,
producto del enfrentamiento de fuerzas que pugnaban en sentido
contradictorio:
aquellas que se oponían a las transformaciones
revolucionarias, albergadas en
determinadas instituciones del Estado, y las fuerzas populares que
impulsaban
el proceso de democratización radical de las estructuras
socio-económicas del
país.
Este
enfrentamiento de
fuerzas al interior del Estado, sólo se podía
resolver a favor del movimiento
popular con la irrupción de una fuerza nueva: la
más profunda, activa
participación del pueblo, constituida en poder por
sí misma, o sea poder
directo, basado en la iniciativa desde abajo, que sobrepasara el marco
del
viejo Estado. Un poder popular no alternativo al gobierno, sino que
combinara
su propia actividad estatal en el gobierno, con la directa
presión sobre los
poderes estatales que se negaban a dar paso a los cambios.
Es
cierto que en los
tres años de gobierno de Salvador Allende se constituyeron
diversas y ricas
formas de participación. Sin embargo no se asumió
el significado estratégico
que tenía para la decisión del conflicto.
El
acceso legal al
poder, esta demostrado, la Unidad Popular lo hizo. No es un camino
inhabilitado
para las fuerzas populares. En determinadas circunstancias puede ser el
más
propicio. Ese no es el problema fundamental.
La
esencia de un proceso
de cambios profundos se juega no sólo en la capacidad de
capturar determinados
niveles de poder del Estado, gobierno, parlamento: El movimiento
popular debe
desarrollar la capacidad de incorporar instituciones nuevas, frescas, a
la
lucha, instituciones de poder exógenas al Estado, pero que
pueden constituirse
en formas de poder real.
El
problema radicaba en
que no teníamos una concepción acabada sobre el
tema del poder. Faltó una
elaboración más completa respecto de
cómo avanzar en la transformación del
Estado y la conquista del poder real. Y eso fue decisivo.
Lo
mismo podemos señalar
en relación a la defensa del gobierno
democrático. Ante los embates de la
reacción teníamos el derecho y el deber de
organizar la defensa del gobierno en
todos los terrenos.
Sólo
se puede defender
lo alcanzado si estamos preparados para ello. En los pronunciamientos
de los
partidos de la Unidad Popular, hubo muchas frases acerca del compromiso
y
disposición a defender el gobierno. Algunas, muy encendidas
y demagógicas.
La
disposición moral en
los trabajadores y en la juventud era muy grande. No es casual la
defensa que
se intentó en diversas industrias y la permanencia de los
estudiantes,
profesores y funcionarios, ese mismo
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en la Universidad Técnica del Estado.
Sin
embargo ningún
partido puso el problema de la defensa seriamente en el centro de las
decisiones. Edición
de Tribuna Popular.
(*) Al
momento de esta intervención
era Secretaria General del Partido Comunista de Chile.
Gladys del
Carmen Marín Millie, nace
en Curepto el 16 de julio de 1941 y fallece en Santiago, 6 de marzo de
2005.
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