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Catálogo de infamias o de la
fotografía
militante de Yuri Valecillo
Por:
José Carlos De Nóbrega
Imágenes:
Yuri Valecillo
A: Humberto
Méndez Figueredo, in memoriam.
A: Alexander
Castillo, en la esperanza de que no todo esté perdido.
El viejo Valecillo, soldador y comunista
militante,
le obsequió a sus hijos un variopinto santoral
católico en tanto juguete para
exorcizar el miedo a Dios: los santos eran bañados,
apaleados y convertidos en
superhéroes por los chicos.
Y tenía mucha razón el
viejo: los católicos
reaccionarios y los evangélicos fanáticos
convirtieron el cristianismo de las
catacumbas en un modo de vida terrorista, una teoría del
poder que ha
desgraciado la vida de muchos amputando la libertad y el placer.
Cuarenta años después,
Yuri Valecillo ha persistido
en una actitud vital traviesa, iconoclasta y prevaricadora; afincada
-eso sí-
en la autenticidad militante socialista, reñida con la
verticalidad burocrática
y vinculada al amor festivo por la gente de abajo.

Bien lo afirmaba el teólogo
protestante alemán
Dietrich Bonhoeffer -fusilado por los nazis en el compromiso con la
patria
alemana-: "Con el desprecio de los hombres sucumbimos al error capital
de
nuestros enemigos. Quien desprecia a un hombre, nunca
logrará hacer algo de
él". Por tal razón, Yuri sigue siendo el joven
radical que conocimos hace
más de veinticinco años. Cosa de la cual no se
escapa su magnífico trabajo fotográfico:
pleno de inteligencia, solidaridad y amor por la humanidad.
Catálogo de
Infamias lo corrobora de guisa fehaciente.


Es el trabajo de un gran reportero
gráfico, de afán
proletario y humanístico, sin la contaminación de
un esteticismo afín a la
publicidad o al maquillaje rococó de nuestra bien amada
realidad, por más
resbaladiza que ésta sea. México y Cuba son los
espacios abordados que nos
retrotraen a Venezuela y el resto de América Latina.


La hermeneútica del paisaje urbano
es cruda e
inmediata, en el impacto de la ternura solidaria por el otro: lo
revela, por
ejemplo, la desnudez de las mujeres trabajadoras y los pepenadores
mexicanos en
una marcha de protesta que desafía el poder
omnímodo y decadente del Estado; o
las fachadas que se astillan en la micosis de la
descomposición y el caos
urbanístico. No en balde nos recuerda al Buñuel
de la etapa mexicana: los
laberintos de la miseria en la ciudad de México que registra
el film Los
Olvidados, o el amor por los marginales y los outsiders en
Nazarín, siendo este
último título un "regaño" a la
vastedad y la belleza de los cielos
fotografiados por Gabriel Figueroa que apunta a la pobreza a ras de
piso, es el
perro arrastrado cruelmente por la carreta.


Coincide la propuesta fotográfica
con el canto del
poeta brasileño Ledo Ivo a nuestra patria húmeda
que es América: "Ninguna
lengua engañosa es la patria. / Ella sirve apenas para que
yo celebre mi grande
y pobre patria muda, / Mi patria disentérica y desdentada,
sin gramática y sin
diccionario, / Mi patria sin lengua y sin palabras"
(traducción del
mexicano Jorge Lobillo). La patria no es la bandera arriada por la
soberbia de
los militares mexicanos como lo denuncia el lente crítico de
Yuri: curiosamente
tan sólo se aprecia el color rojo, en un remedo de la
heráldica romántica y
decimonónica, del que se infiere la sangre y la lucha de los
trabajadores
latinoamericanos. Es a la vez un homenaje sentido a la
heráldica revolucionaria
de la fotógrafa Tina Modotti que conjuga en un collage
exquisito la hoz, la
mazorca de maíz y las balas de la metralla.


No falta la calaca en sepia como
alusión a la vida y
la muerte, en ese paradójico tono de raigambre azteca que
celebra la desilusión
y la esperanza. Nos conmovieron las bellas mujeres acosadas por las
paredes
oscuras que forja la ciudad; los zapatos que penden de la
maraña de cables que
evidencian la venalidad de severos tribunales; el machismo que segrega
a las
mujeres y los menores de edad, manifiesto en la fachada de las cantinas
y los
lamederos de tequila y mezcal.


No hay concesión alguna a los
mitos con que nos
atosigan los medios de comunicación masivos: la
finalización de la era de los
grandes relatos que procura reivindicar los derechos de los
más pobres. Los
trapos del detritus capitalista se exhiben sin pudor: al igual que la
ropa
recién lavada y la carne en venta. El lente se convierte en
un ojo salvaje que
hace referencia al Rembrandt carnicero y anatomista: la carne muerta
delata a
gritos las contradicciones y la descomposición de la
sociedad occidental, muy a
pesar de la tramoya mediática y propagandista que se
empecina en decir lo
contrario, entenebreciendo las almas sin ninguna
dispensación.


La invitación es propicia para
acompañar a este
reportero gráfico y poeta visual sin el yugo de los
concilios burocratizantes,
ni de las fallidas muecas culteranas, mucho menos el imperio de lo
establecido.


Yuri apuesta sin descanso por una
fotografía
libertaria y militante, la cual implica nuestra
reconciliación con el que va a
pie y almuerza un suculento emparedado de mortadela a la vera de la
calle.
Sábado, 13 de diciembre de 2008
Valencia de San Simeón el
Estilita, 27 de octubre de
2008. 

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