 |
| José
Vicente Rangel |
EL ESPEJO:
DERECHOS HUMANOS Y MERCADEO
Por:
José Vicente Rangel
La defensa de los derechos humanos es una
causa
noble. Lo fue en el pasado, cuando la batalla se daba en solitario y
sin apoyo
mediático. Porque cuando la derecha mundial y el imperio
violan los derechos
humanos la causa se torna invisible.
Esa causa sigue siendo digna, sin duda la
mejor,
pero en condiciones diferentes. Ya que ha dejado de ser emblema de los
perseguidos de verdad, de los reprimidos por motivos sociales y
auténticamente
políticos, para convertirse en banal expresión de
un sórdido mercadeo. Basta
contrastar pasado y presente. Recordar episodios vividos, por ejemplo,
en Gran
Bretaña, cuando patriotas irlandeses morían en
soledad en huelgas de hambre
--ejemplo: Boby Sand--, condenados por la arrogancia de quien para
entonces era
Primera Ministra conservadora del Reino Unido. O comparar las exigencia
que los
gobiernos de España suelen hacerle a los países
de la región para liberar
presos políticos, cuando ellos mantienen en la
cárcel, en condiciones
violatorias de elementales normas legales y humanas, a centenares de
luchadores
vascos a los que no se les reconoce la condición de presos
políticos.
Pero el caso es Venezuela. Los que hoy se
rasgan las
vestiduras en el país, aquellos que se dedican a plantear
ante organismos
internacionales el más mínimo problema que surja
en esa materia --a diferencia
de otras épocas no es política de Estado ni del
gobierno bolivariano-- son los
mismos que guardaron silencio durante más de 40
años cuando aquí se asesinaba a
luchadores políticos y se torturaba a mansalva; cuando se
violaba
descaradamente el debido proceso; cuando la justicia militar
sustituía a la
ordinaria y se instauraron tribunales de excepción; cuando
se impuso el
universo concentracionario de los Teatro de Operaciones (TO); cuando
eran
suspendidas las garantías constitucionales para atropellar y
no para preservar
la legalidad y, en fin, cuando miles de ciudadanos fueron
desaparecidos.
También son los mismos --o sus herederos
biológicos y políticos-- que
directamente aplicaron esos métodos; que ejecutaron las
órdenes provenientes
del alto gobierno para degradar la condición humana y
convertir el Estado de
derecho en un sombrío y despreciable espectro.
Para algunos no hay memoria, o más
bien hay olvido
deliberado. Para otros sí la hay, y por tanto es inaceptable
que la causa de
los derechos humanos se convierta en mercancía. Que exista
un tráfico obsceno
que combina el cinismo con la falsedad. Algo viscoso que
instrumentaliza el
tema de los derechos humanos y lo coloca al servicio de
sórdidas políticas.
Convirtiéndolo en punta de lanza para desacreditar gobiernos
progresistas y
preparar celadas contra el orden constitucional y
auténticamente democrático.
El mejor ejemplo de lo que sucede es el comportamiento de la inefable
Comisión Interamericana
de Derechos Humanos (CIDH) --instancia burocrática y coto
cerrado de un
funcionario inmoral, Santiago Cantón, que se
apropió de ella--, donde todo está
tarifado y digitalizado por poderosos intereses. Supuestamente tiene
relación
vinculante con la OEA y actúa a nombre de ésta,
pero en la práctica posee su
propia dinámica.
Para esta comisión el objetivo,
hoy por hoy, es
Venezuela. Como lo es también para la Casa Blanca, el
Pentágono, el Comando Sur
y los sectores de la ultra derecha en diversos países de la
región. Es parte
del mecanismo que prepara la agresión que está en
marcha contra Venezuela y el
proceso bolivariano con impredecibles desarrollos. Los informes de la
CIDH --en
particular el último, producto de denuncias manipuladas y de
lo que publican
los medios nacionales y foráneos encadenados-- tienen como
propósito preparar
el terreno para cualquier aventura. Tienen a su cargo el bombardeo a
base de
desinformación que permite, con posterioridad, la
ejecución de las acciones
destinadas a minar la estabilidad de un país. Reproduce, con
las peculiaridades
propias del momento, la terrible campaña que
precedió el ataque a Irak con el
cuento aquel de que esa nación tenía armas de
destrucción masiva.
Por eso es que no hay que desestimar lo que
ocurre y
urge deslindar con el inmoral sistema interamericano. Hay que
denunciarlo.
Ponerlo en evidencia. Ya que no vale la pena permanecer en
él. Su linea de
acción será cada día más
agresiva. Porque no son los mercenarios de la CIDH los
generadores de esa política: simplemente son los encargados
de aplicarla por
órdenes superiores. En consecuencia, Venezuela debe salirse
de esa trampa
mortal. Sobre todo en los actuales momentos, cuando la OEA agoniza y se
vislumbra una organización regional diferente que tiene que
conducir a
políticas diferentes
|